Perdido sobre un caballo de madera,
recorriendo campos desérticos en busca de aventuras; o detrás del volante loco
de un Fórmula 1 pintarrajeado que siempre gana; o sentado en una carreta que
lleva el paso lento de dos viejos caballos imaginarios; o simplemente abrazado
a medias al fino poste cromado intentando, en la próxima vuelta, arrebatarle el
premio tan deseado a ese viejo que, hábil como pocos, nos hace pasar una y otra
vez tan cerca… disfrutamos cada vuelta.
Con el corazón abierto y la ilusión
encendida en los ojos, haciendo de cada canción un himno a la fantasía sin
límite que solo allí podemos alcanzar.
Y pasan los años y se multiplican
los viajes y algún pergamino íntimo muestra con orgullo las sortijas robadas,
como si fueran medallas. Nada es comparable al viento sobre el inmóvil corcel
que sube y baja; y nos sentimos dueños del mundo, ese que siempre está próximo
a cambiar.
Y tarde nos acordamos de ese
familiar que, con solo un guiño, nos otorgaba la alegría de “una más” y
aguardaba sentado en un banco de madera junto a otros; y que al pasar nos
sonreía y murmuraba algo a su ocasional vecino. Una fiesta de tiempo ilimitado porque
aunque la canción terminaba y la ronda aminoraba su marcha sabíamos, en el
preciso instante en que bajáramos, que pronto estaríamos subiendo.
Hasta que un día las ansias de
crecer y ser “grandes” nos van ubicando cada vez más cerca del banco de madera.
Y rendimos estricto homenaje a la madurez aseverando que “eso” ya no es para
nosotros.
Y la plaza queda cada vez más lejos
y allí quedan fantasías e ilusiones, quizás siendo alimento de otras que se
acercan. Pero nosotros parecemos dejar allí todo nuestro “mundo de chicos” para
jugar el nuevo juego de lo que se supone que debemos ser.
Sin embargo, muy dentro aún y
siempre, clamamos por una más… sin sentirlo en los labios pero sí dentro, el
pedido por no bajar, o solo por subir e intentar atrapar una sortija más.
Intentando una ilusión más sobre el caballo, y cerrar los ojos e imaginar el
campo y sentir el viento mezclarse en el pelo, llegar quizás hasta una princesa
y declararle el amor atesorado en el pecho… o tomarnos de aquel poste y, en
lugar de esperar la realidad que nos traga y nos escupe una vez más, poder
soltar un brazo y volar haciendo un mágico equilibrio en el borde, o solo
sentarnos en la carreta e imaginar un paseo único…
Pero la edad. Las
responsabilidades. Lo que se “debe” ser nos impide volver y gritar.
Gritar fuerte…
HEY SEÑOR UNA VUELTA MÁS!!! POR
FAVOR!!!
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