La fábula de la muerte

El tipo sabia que era querido, sabia que era estimado pero aun así sus oídos necesitaban de esas palabras.
Era Viernes en Buenos Aires, despuntaba el primer calor del próximo verano en una de las tantas oficinas que la ciudad de la furia tiene dos amigas entraban a su trabajo, entonces una le pregunto a la otra si había vista a Claudio en los últimos días. La amiga contesto que no. Entonces empezó a averiguar, vía internet fue preguntando uno por uno a los amigos si alguien lo había visto. Se tenían noticias de hacia mas o menos tres días pero en ese lapso nadie sabia nada.
Se juntaron varios a almorzar y en esa comida coincidían en que no podían llamar a la casa. Claudio era un personaje de esos que la vida da, que la ciudad tiene como propios, esos que la misma calle gesta y los mantiene como parámetros vivientes de la propia ciudad. Pero que justamente por pertenecer a la calle no pertenecen a nadie en particular. Entonces por mas que en su haber figurara una dirección de domicilio no era allí donde habitaba sino que estaba en todos lados. Pero bien, estos amigos en pos de la búsqueda se centraron en el barrio, en el trabajo y en cada lugar donde pudieran hallar respuesta, pero la misma no llegaría sino hasta el lunes.
Era el comienzo de una nueva semana, la mañana menos querida de los 7 días, temprano, y como si hubiese un hilo mágico de conducción en 20 oficinas, tras las pantallas otras tantas personas abrían sus mails. El titulo del mismo era “por que?” el remitente era justamente Claudio.
El mismo decía....” ...he llegado al punto donde no encuentro fronteras que cruzar, donde no hallo motivos para buscar nuevas, donde aun poseyendo una morada no quiero a ella dirigirme, solo quiero perderme en la inmensidad de la misma mañana para nunca mas volver...”
Todos comenzaron a entender el fin de dicho mail. En cada uno de los lectores surgía esa sensación que un amigo había cometido la peor de las locuras, rápidamente imaginaban situaciones, buscaban respuestas en preguntas inexistentes. Los teléfonos sonaron, los que daban ocupados metían mano en pagers y mails buscando la palabra del otro. Las teclas parecían moverse lentamente, las respuestas no encontraban palabras justas. Nadie quería decir lo que suponía pero todos andaban la misma idea. Surgió de golpe una necesidad de verse, algunos se juntaron y entonces si se dijeron lo que pensaban, lo que imaginaban.
De allí fueron miles las demostraciones, como letras eternas y celestiales corrieron las líneas escritas, se multiplicaron los recuerdos en cada persona, en cada amigo. Como el mail a pesar de todo requería respuesta ellos enviaron las mismas al destinatario, al cual sentían que le llegarían.
Pero era una realidad mezclada con fantasía, con una maquiavélica fantasía...A pesar que pronto corrió la noticia que se había ido un amigo que no volvería alguien lo encontró. Todos lo creían en algún cementerio pero no era así.
Sentado en el bar de una plaza estaba Claudio tras la taza de café casi intacta. Fue entonces que al pasar Tomás lo vio. Cuando lo vio creyó que su vista estaba engañándolo. Entró al bar se sentó a la mesa y Claudio casi sin que tomas nada le preguntara comenzó su explicación.
“ He fabulado mi propia muerte, pero por que? La respuesta se halla en que necesitaba saber y sentir cariño. De golpe en este fin de milenio me sentí como que mas allá de que acabara un nuevo año algo estaba terminando en mi, quizás sea esta parte de fin de adolescencia y principio de adultez, quizás sea porque es a veces esa necesidad vital...pero sé que estuve mal...”
Luego la noticia como el mismo cobro vida, revivió, pero con ello llegaron los reproches. Muchos fueron los enojos por aquella fábula poco feliz. Llegó a perder por un tiempo la confianza y palabra de sus amigos, de los mismo que el había querido que le demostraran afecto.
Pero llegó un noche, una reunión, imprevistamente se presento en la misma cuando todos ya estaba allí. Se paró delante de la mesa y al tiempo que les dio un papel a cada uno dijo:
“...errante y errado....sin rumbo y sin certeza cometí el mas triste de los errores. Déjenme decirles algunas cosas. Corren los tiempos de fines de año, de fines de milenio y en la eterna búsqueda de los afectos fui un necesitado, payaso de un circo vertiginoso en el cual los leones devoran domadores en cada función, con la mueca sonriente, con el disfraz puesto...llegue hasta ustedes. Desde ese mágico día los sentí propios y me hicieron sentir de ustedes. Pero como un adolescente en su primer amor quise mas aun cuando tenia todo. No veía el cariño, necesitaba sentirlo aun mas...y en el increíble devenir de los días pertreche mi propia muerte. Absurda e innecesaria a la larga.....por eso estimados amigos he de pedir perdón...”
Sin mas aquellos amigos perdonaron. Pero quizás sobre el final de este escrito queda en el aire...no todos nos sentimos alguna vez necesitados de esas demostraciones? No fuimos alguna vez de alguna manera un poco como Claudio? Sin juzgamientos y con la mano en el corazón, nunca nos paso?